Observatorio
Pagar en 2026 se ha convertido en uno de los gestos más automáticos del día a día. Basta con acercar el teléfono móvil al datáfono o pulsar un botón para completar una compra online en cuestión de segundos. Sin embargo, esta comodidad tiene un coste del que pocos son realmente conscientes.
El periodista británico Sammy Gecsoyler relata en un artículo publicado por The Guardian cómo, tras un periodo de gastos impulsivos y excesivos, decidió abandonar durante una semana los pagos digitales y utilizar exclusivamente efectivo. Su objetivo inicial era sencillo: comprobar si el uso exclusivo de billetes y monedas podía ayudarle a controlar mejor sus compras.
Para llevar a cabo el experimento, retiró 200 libras en efectivo, que se convirtieron en su único medio de pago durante siete días. Sin embargo, pronto descubrió que el problema iba mucho más allá del ahorro. El efectivo, que históricamente ha sido la forma más habitual de pagar, parece haberse convertido en un obstáculo en numerosos espacios cotidianos.
Uno de los primeros problemas apareció en el transporte público. Los autobuses de Londres dejaron de aceptar efectivo en 2014, obligando a pagar con tarjeta o dispositivos móviles. También se encontró con comercios y establecimientos donde el dinero físico simplemente ya no era bienvenido. “¡Solo tarjeta!”, le gritó un empleado mientras intentaba dirigirse a una caja de autoservicio. Lo mismo ocurrió en cafeterías, restaurantes y servicios digitales: plataformas como Lime o Deliveroo únicamente aceptan pagos electrónicos.
Incluso acciones tan simples como reservar mesa en un restaurante se volvieron más complicadas. Cuando quiso comer en Nando 's, descubrió que la reserva mediante la aplicación sólo podía realizarse con tarjeta. En otra cafetería, el barista se limitó a señalar un cartel junto a la caja: “Solo tarjeta”.
Según Shankha Basu, especialista en comportamiento del consumidor de la Universidad de Leeds, muchas empresas han abandonado el efectivo por motivos prácticos, como reducir riesgos de robo y evitar los costes de gestionar dinero físico. “Los pagos con tarjeta parecen mucho menos complicados”, explica. Sin embargo, Basu advierte de que el efectivo tiene una ventaja importante para los consumidores: ayuda a controlar mejor el gasto. Al pagar con billetes y monedas, las personas son más conscientes del dinero que entregan y piensan más en sus compras. En cambio, los pagos con tarjeta o contactless reducen esa sensación de pérdida y favorecen un consumo más impulsivo.
El propio Gecsoyler experimentó esta sensación durante su semana usando efectivo. En una tienda, estuvo a punto de comprar una botella de agua cara, pero al ver físicamente los billetes en su mano dudó. “Había algo en sentir la pila de billetes entre mis dedos que me hizo pensármelo dos veces”, escribe. Finalmente decidió no comprarla y ahorró 1,99 libras.
Para Basu, esta reacción es completamente habitual. “Gastar dinero es doloroso, porque físicamente experimentas que algo se aleja de ti”, explica. Con las tarjetas o los pagos sin contacto, esa sensación se atenúa, lo que favorece un mayor gasto.
Tras su experiencia, Gecsoyler concluye que el efectivo no solo le ayudó a gastar menos, sino también a relacionarse más con otras personas y a simplificar ciertas decisiones cotidianas.
Aunque la semana terminó y sus tarjetas “salieron de la jubilación”, el periodista asegura que seguirá llevando algunos billetes en la cartera. Después de siete días pagando únicamente en efectivo, redescubrió algo que parecía olvidado: gastar dinero duele más cuando realmente puedes tocarlo.
Bibliografía
- Gecsoyler, S. (2026, 10 de febrero). My week of only using cash: could a return to notes and coins change my life? The Guardian. Mi semana usando solo efectivo: ¿podría un retorno de billetes y monedas cambiar mi vida? | Vida y estilo | El Guardián