“Estamos haciendo con nuestros hijos el mayor experimento psicológico de la historia sin pedirles consentimiento”

 — Jonathan Haidt, psicólogo social especializado en el impacto de las redes sociales en menores.


La nueva propuesta legislativa en España

El 3 de febrero de 2026 el presidente del Gobierno de España, anunció en la Cumbre Mundial de Gobiernos de Dubái la intención de impulsar una ley para prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años. Esta medida forma parte de un paquete más amplio de protección del menor en entornos digitales que el Ejecutivo prevé tramitar durante este curso parlamentario.

España se suma así a una tendencia internacional que busca aumentar la edad mínima de acceso a redes sociales, situándola en los 16 años. Actualmente, en virtud de la normativa española de protección de datos, los menores pueden registrarse en plataformas digitales a partir de los 14 años con consentimiento propio, sin necesidad de autorización parental expresa.

La propuesta supone, por tanto, una modificación sustancial del marco vigente: no solo eleva la edad mínima, sino que elimina el modelo basado en la autorresponsabilidad del menor y desplaza el foco hacia la responsabilidad estructural de las plataformas.

 

Aplicación práctica y diferencias con el sistema actual

Según detalló RTVE, la futura norma obligará a las empresas tecnológicas a implantar sistemas efectivos de verificación de edad, sustituyendo el actual modelo de autocertificación (marcar una casilla con la fecha de nacimiento) que ha demostrado ser fácilmente eludible. En España, alrededor de 2 millones de menores de entre 14 y 15 años, según datos del INE, quedarían directamente afectados por la elevación del límite a 16 años, en un tramo donde el uso de redes supera el 80 %.

La Cadena SER señala que el Gobierno prevé un régimen sancionador alineado con el Reglamento europeo de Servicios Digitales (DSA), que permite multas de hasta el 6 % del volumen de negocio global anual. Para entender la dimensión de esta sanción, usaremos como ejemplo el caso de Meta, cuya facturación superó los 134.000 millones de dólares en 2023, por lo que la sanción máxima teórica podría superar los 8.000 millones. En Australia, con una normativa similar, las multas alcanzan los 49,5 millones de dólares australianos.

El impacto no se limita a sanciones: las empresas deberán invertir en sistemas de verificación y podrían perder a los usuarios más jóvenes, afectando directamente a su modelo de negocio.

 

Comparativa internacional y efectividad

El caso australiano es el ejemplo más avanzado de aplicación práctica. La ley que prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 16 años entró en vigor el 10 de diciembre. A mediados de enero, la Comisión para la Seguridad Electrónica acreditó el bloqueo de 4,7 millones de cuentas en los primeros días de aplicación. La cifra es relevante si se considera que en Australia hay 2,5 millones de menores de 16 años y que, antes de la prohibición, el 84 % de los mayores de 8 años tenía cuentas en redes sociales, según datos de la eSafety Commissioner de Australia, autoridad responsable de la supervisión digital en el país..

La comisionada Julie Inman Grant valoró positivamente los resultados iniciales, aunque advirtió que “el verdadero impacto no se medirá en semanas o meses, sino que probablemente será generacional”. Las autoridades han iniciado estudios para analizar posibles efectos secundarios, como el desplazamiento hacia otras plataformas o entornos menos regulados (como la deep web). 

En Francia, la ley aprobada por la Asamblea Nacional prohíbe el acceso a menores de 15 años salvo consentimiento parental verificado y prevé su plena aplicación en septiembre de 2026. Antes de su aprobación, más del 60 % de los menores de 13 años ya tenía cuenta en redes sociales, lo que evidenció la ineficacia del sistema previo. A diferencia de Australia, Francia ha optado por una implementación más gradual y coordinada con el marco europeo, por lo que sus efectos aún están pendientes de evaluación empírica.

 

Reacción española y conclusiones

La reacción en España refleja una preocupación creciente por el impacto de las redes sociales en los menores. Mientras muchos padres y expertos apoyan la medida como una forma de protección necesaria, otros advierten de los riesgos para la privacidad y de las dificultades técnicas para aplicarla.

Nos encontramos, por tanto, ante una balanza que intenta equilibrar protección y libertad. El verdadero desafío será encontrar un punto de equilibrio entre la privacidad, la viabilidad de su aplicación y la responsabilidad de garantizar un entorno digital más seguro para las nuevas generaciones. ¿Será posible alcanzar ese equilibrio sin sacrificar alguno de estos pilares fundamentales?

 

Bibliografía