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La inteligencia artificial se bebe miles de millones de litros de agua

Los vecinos de The Dalles, un pequeño pueblo de Oregón, viven una paradoja. Pese a que la localidad está a pie del caudaloso río Columbia, tiene un clima casi desértico: las precipitaciones son escasas y hace dos veranos se rozaron los 48 grados. La amenaza de las restricciones de agua pende sobre los 15.000 habitantes del pueblo desde hace tiempo. Por eso no les gustó enterarse a principios de año de que más de un cuarto del consumo total de ese preciado recurso se lo apunta un centro de datos de Google, que lo dedica a refrigerar las miles de computadoras que pueblan la infraestructura. Según ha podido averiguar el medio local Oregon Live, la instalación ha triplicado su gasto en el último lustro, y la multinacional tecnológica planea abrir dos centros de datos más en la cuenca del Columbia. Los ecologistas ya han advertido de que eso podría afectar a la flora y fauna de la zona e incluso provocar escasez entre los granjeros y agricultores de The Dalles.

No es un caso aislado en Estados Unidos, país que concentra en torno al 30% de todos los centros de datos del mundo. Arizona, Utah o Carolina del Sur conocen bien la insaciable sed de este tipo de infraestructura. También lo saben en Países Bajos, donde Microsoft se vio envuelta el año pasado en un escándalo al conocerse que una de sus instalaciones consumía cuatro veces más de lo declarado en un contexto de sequía. O en Alemania, donde las autoridades de Brandeburgo negaron los permisos a Google para que construyera un centro de datos en la región al considerar que una gigafactoría de Tesla ya consumía demasiada agua.

Ver series en streaming, usar aplicaciones online (que no estén instaladas en el móvil) o guardar fotos en la nube es posible gracias a una infraestructura mundial que consta de una gran amalgama de centros de datos y de más de un millón de kilómetros de cableado. La creciente complejidad de las aplicaciones que se usan diariamente exigen más y más potencia de cálculo. Todo eso se traduce en legiones de ordenadores funcionando a máxima potencia día y noche, cuyo consumo energético ya representa como mínimo el 2% del total mundial. Para que las máquinas no se sobrecalienten, hace falta refrigerarlas. Se puede hacer con sistemas de ventilación, similares a los que usan los ordenadores personales, pero es más barato enfriar los procesadores con agua.

La sed de las tecnológicas está en ascenso. El consumo de agua de Google aumentó un 20% en 2022, según cifras aportadas por la propia compañía. Y el de Microsoft, dueña de un 75% de OpenAI (los creadores de ChatGPT), lo hizo en un 34% en el mismo periodo. No se contemplan aquí los recursos hídricos consumidos en la generación de la electricidad que alimenta los servidores ni en los procesos de fabricación del hardware. Amazon, que junto a las dos anteriores controla casi la mitad de los hipercentros de datos de todo el mundo (los que cuentan con más de 5.000 servidores), y cuya filial AWS lidera el mercado de la computación en la nube, ha preferido no aportar datos.

Fuente: El País