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En efectivo, por favor

En los países escandinavos la compra en efectivo se ha convertido ya casi en un atavismo propio de ancianos y reservado para transacciones de mínima entidad. En Suecia la proporción de esos pagos ha descendido del 40 al 10% en los últimos diez años, y en Noruega ese índice es, al parecer, aún menor. La obsolescencia de monedas y billetes es patente también entre nosotros, no hay más que ver cómo el datáfono se ha convertido en parte del equipamiento básico de camareros, taxistas o quiosqueros. ¿Vamos hacia la desaparición del dinero en efectivo? Cuidado porque ya hay quien trabaja en ello con el objetivo de hacer más controlables, aún, nuestros menores movimientos económicos y, en definitiva, nuestras vidas.

Hace escasas semanas, Christine Lagarde, la muy empoderada presidenta del todopoderoso Banco Central Europeo, habló del proyecto para desarrollar un "euro digital" que, en el plazo que se considerara razonable, vendría a sustituir al efectivo en todo tipo de transacciones, facilitando así el control de los pagos de los particulares por parte de los estados. Se trataría de llevar a su expresión total la creciente supervisión de los movimientos bancarios y de los intercambios que, desde hace años, los ciudadanos hemos aceptado como supuesto medio de lucha contra blanqueadores de dinero, terroristas y demás peligros. Lo cierto, sin embargo, es que ninguno de esos delitos ha desaparecido de la escena, más bien al contrario, seguramente son más frecuentes y a través de procedimientos más sutiles, pero el común ha visto recortada su capacidad para disponer de su propio dinero de un modo que hubiera llevado a las barricadas a nuestros abuelos. No puede extrañar, vistos los precedentes y la irrefrenable pulsión controladora de las autoridades, que al menos un 43% de los europeos urgentemente encuestados sobre las intenciones de madame Lagarde hayan mostrado su inquietud por la amenaza a la privacidad que encierran. No pararán hasta que sepan qué hacemos con cada euro que, de forma igualmente controlada, llegue a nuestra cuenta, quizá ya nunca más a nuestros bolsillos.

Mi personal reacción ha sido prometerme un uso mucho más amplio y general del efectivo, aunque ello me obligue a las molestias que supone acudir al cajero. Sólo un permanente y sostenido uso de nuestras monedas puede disuadir a estos fiscalizadores de las vidas ajenas de abolir el ya estrecho margen de libertad que la privacidad de nuestros gastos asegura.

Fuente: RAFAEL SÁNCHEZ SAUS - Diario de Sevilla